Me encanta pasar tiempo en casa de mis tíos. Y no porque me guste estar con mi familia, es porque puedo tener cerca de mi primo. Desde muy temprana edad estoy locamente enamorada de él. Y mi obsesión ha llegado hasta tal punto que quiero que me desvirgue. Por supuesto, no quiero ni pensar lo que pasaría si mi familia se entera que estoy seduciendo a mi primito.

Cuando mis tíos se van a trabajar, me pongo un vestidito de estar por casa que no deja mucho a la imaginación y me voy en busca de mi primo. Lo encuentro como siempre en su habitación, sin apartar la vista del ordenador. Me siento encima suya, y con la escusa de darle un masaje lo voy sobando. El sigue a lo suyo, fingiendo no hacerme caso. Pero pronto, su hábil brazo rodea mi cuerpo y su mano se apoya en mi entrepierna, sobre mi vestidito. Lo que empiezan siendo caricias inocentes se van convirtiendo en una masturbación en toda regla. La mano de mi primo pronto encuentra el camino bajo mi braguita, y ahora su mirada esta fija en mi cuerpo. Lo tengo en el bote.

Me levanto y observo un extraño bulto en su entrepierna. Me quito el vestidito y las braguitas y me tumbo en la cama. Él no tarda en seguirme mientras se va quitando los pantalones. Cuando su mano acaricia mi clítoris me estremezco y con la mía alcanzo su polla. Empiezo una lenta paja que se va alargar más de lo que me gustaría. Necesito sentirla dentro y lo necesito ya. Pero mis primo quiere ir más despacio. Se recuesta junto a mi mientras nuestras mano siguen moviéndose, esta vez con un ritmo frenético. Me muerde los pezones y yo empiezo a gemir como una loca. Por fin, y después de hacerme sufrir aun más restregándome su duro cipote por mi rajita, poco a poco me mete la puntita. Suspiro aliviada, objetivo conseguido.

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