Se acerca el invierno y hay que aprovechar

Llevaba todo el verano trabajando como socorrista en la piscina comunitaria de una zona residencial. Desde el primer día a primera hora y hasta el último día de trabajo estuve acompañada por el hijo del presidente de la comunidad. Todos los días cuando llegaba a trabajar estaba esperándome, se ponía unos metros detrás de mi...

Llevaba todo el verano trabajando como socorrista en la piscina comunitaria de una zona residencial. Desde el primer día a primera hora y hasta el último día de trabajo estuve acompañada por el hijo del presidente de la comunidad. Todos los días cuando llegaba a trabajar estaba esperándome, se ponía unos metros detrás de mi silla y se tumbaba boca abajo mirando hacia mí. En ocasiones venia acompañado de amigos, pero la mayor parte del tiempo venia solo.

De vez en cunado, por el rabillo del ojo notaba como se tocaba el paquete por encima del bañador o se levantaba e iba corriendo a darse un chapuzón. Estaba claro que al chico se la ponía dura verme con mi uniforme de socorrista dorándome al sol, mientras los críos de la urbanización hacían todo lo posible para ahogarse y darme faena. Cuando salía yo del agua, notaba como me miraba cuando se me ponían los pezones duros por el frio. El chico debía ser masoquista, porque debía de coger cada calentón él solo que estaría toda la noche haciéndose pajas como un mono. La cuestión es que con el tiempo, a mi también empezó a poner la situación.

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