Mi compañera de piso me despierta con una mamada

Cuando Adriana se bajo las braguitas no pude evitar palparle el culo y entre gemidos me puse a acariciarle el coño con un pequeño masajeador a pilas.

Cuando acabé la carrera decidí quedarme a vivir en la ciudad, en el mismo piso que había compartido con dos tíos más durante cinco años. Al marcharse, decidí que estaba cansado de tanta polla en casa y quería alegrar un poco la vista. Así que me impuse la norma de solo admitir compañeras de piso. Adriana es la nueva de esta año. Y a diferencia de Laura, que es más recatadita, en cuanto esta jovencita cogió confianza empezó a andar en casa ligera de ropa. Desde el primer día congeniamos porque yo tengo un punto exhibicionista, y también me gusta mirar.

La otra mañana, Laura se había ido al pueblo y Adriana entró a media mañana a mi habitación con la escusa de si quería desayunar con ella. Yo, que tenia una resaca del copón, y una erección mañanera de caballo, no reaccioné. Ella se acercó a la cama y empezó a acariciarme la pierna. Poco a poco subiendo su mano hasta que descaradamente empezó a sobarme la polla. Me preguntó si estaba si normalmente o era por ella. A lo que yo le contesté, que estaba así desde el día que había llegado al piso y que me moría de ganas por follármela.

Cuando se bajo las braguitas no pude evitar palparle el culo y entre gemidos me puse a acariciarle el coño con un pequeño masajeador a pilas.
La excitación flotaba en el ambiente y ella estaba en el punto exacto donde yo quería. Me subía la cama y se lanzó a comerme la polla. En ese momento no tuve ningún duda de que no tendría problema alguno para aprobar cualquier asignatura, siempre y cuando el profesor fuera hombre.

Nos terminamos de desnudar y me puse a follármela. Aquel coño tragón estaba apunto de terminar la faena que había empezado su boca. Pero ella quería recibir una buena ración de leche para el desayuno, así que en último momento se la metí en la boca y me corrí entre gemidos de placer.

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