Me follé a la jefa antes de la cena de Navidad

Mientras mis compañeros de trabajo están de cena de navidad, yo me quedo en la oficina follándome a mi jefa. Una madurita que mueve las caderas como dios.

Una extraña alegría navideña flotaba en el ambiente de la oficina. Mi jefa, una madurita rubia, con un buen par de tetas, y un culo muy follable, había dado a todo el mundo la tarde libre para que se prepararan para la cena de empresa. Yo me quedé a terminar el papeleo que conllevaba el cierre del ejercicio cuando entró en mi despacho a echarme al bronca, pero con una extraña sonrisa en la boca.

Mientras se sentaba sobre mi escritorio, yo intentaba justificar el porque de mi presencia en el trabajo a aquellas horas. Ella hizo como que ponía interés en los papeles que le estaba mostrado, y en un descuido echó mano a mi entrepierna.

En ese momento, me percaté de que llevaba la blusa medio desabrochada dejando a la vista su potente busto, únicamente cubierto por un sujetador de encaje. Dejé los papeles sobre la mesa, y entonces fui yo el que buscó un punto de apoyo sobre el archivador. Ella se arrodilló mientras me iba desabrochando los pantalones. Mi polla, bien dura, no tardó en asomar por la bragueta, a la vez que misteriosamente su sujetador se escurría dejando al aire sus pechos. Se metió mi polla de golpe hasta el fondo de su garganta. Podía notar su respiración acelerada sobre mi pubis. Se la sacó recorriendo todo mi falo con la puntita de su lengua y ejerciendo la presión justa con los dientes para que me temblaran las piernas.

Después, mientras su mano me masturbaba, se metió primero uno de mis testículos en la boca y luego el otro. Tener a mi jefa cañón comiéndome los huevos en mi puesto de trabajo había sido siempre mi fantasía sexual desde que entré a trabajar aquí nada más terminar la facultad. Aquello debía de ser un regalo de Navidad adelantado.

La senté sobre mi mesa, con la piernas bien abiertas y antes de clavarle mi estaca quise probar el sabor de su sexo. Su coñito maduro estaba bien empapado pidiendo guerra, y no quise hacerla esperar más. Después de una embestida otra y así hasta que me quedé sin fuerzas. Ella me pregunto si eso era todo lo que le podía dar a mi jefa. Y me pidió que me tumbara, para poder cabalgar sobre mi polla. Movía las caderas como un experta, su coñito se apretaba estrujando mi polla y haciéndome tocar el cielo. Pero por un momento quise ser yo el jefe, y manejarla a ella como a una muñeca.

Me senté sobre la silla y me la subí encima, yo marcaba el ritmo de la follada, y cuando noté que me iba a correr, la puse de nuevo de rodillas y dejé que exprimiera mi polla hasta descargar toda mi leche en su boquita. La cena de navidad de la empresa debía haber empezado sin notros, pero a los dos parecía darnos igual.

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