Cuando le dije a mi amigo que se trajera la cámara la próxima vez que viniera a mi casa no me creyó. Tengo una vecinita a la que el encana pasearse desnuda y calentarme a todas horas. Me gustaria que nos grabaras mientas la estoy enseñando a follar, le dije.

Aquella tarde nos colamos en su jardín dispuesto a grabarlo todo. Nos íbamos asomando a los grandes ventanales, pero no había ni rastro de ella. Hasta que llegamos a la habitación y ¡bingo! Allí estaba ella, preciosa como siempre, con unos mini shorts y un top que marcaba bien los pechos. Cuando nos vio, vino hacia la ventana y empezó a restregar sus tetitas contra el cristal. Mi amigo seguía grabando, pero yo ya había empezado a cascarme una soberana paja. Le hicimos señales para que saliese al jardín con nosotros. No hubo que insistirle mucho.



Cuando ya estaba fuera, nos preguntó cual de los dos le iba a enseñar a follar como Dios manda. Mi amigo una vez más decidió seguir grabando. Ocasión que no desaproveche y en cuestión de segundos ya le estaba enseñando a follar. Ella, como alumna aventajada que ella, no tuvo reparos a echar mano a mi polla y empezar a meneármela. Poco a poco fue introduciéndosela en la boca, mientras elogiaba su tamaño y las ganas que tenia de que me la follara. En cuanto me dejo libre, la terminé de desnudar y le ensalivé bien el culito. Ese culito virgen que pronto dejaría de serlo. Le metí la polla hasta el fondo de un solo movimiento, y mientras le reventaba el culo le metí un dedito en el coño. La chica gemía y pedía más caña. De pie como estábamos, le levante un pierna y su coñito bien húmedo alojó la polla más grande que recibirá en años. Aquella chica era insaciable, llevábamos un buen rato dándole duro y aun pedía más.

De repente, escuchamos un ruido procedente del interior de la vivienda. Eran sus padres, fue entonces cuando me pidió que me corriera deprisa en su boca y desapareciéramos por donde habíamos llegado.
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