Enculando a la dueña del local que estaba reformando

Mi jefa de obra se me insinúa y nos ponemos a follar como locos. Su boca, su coñito y su culazo apretadito hacen que me corra tres vece seguidas.

Había aceptado aquel trabajo porque estaba desesperado. Era una pequeña reforma en un local comercial que ese estaba convirtiendo en un infierno. La dueña, que tiene un polvazo, se había empeñado en dirigir las obras. Y entre sus ñoñerías y su ropa ligera me estaba volviendo loco.

Aquella mañana la encontré tonteando con un taladro y un nivel. No tengo claro que supiera para que servían. Pero sus tetas no paraban de botar dentro debajo de la minúscula camiseta que llevaba. Los pantaloncito vaqueros no se quedaban atrás, le marcaban su culito perfecto haciendo que cualquier hombre que la mirase sufriera una repentina erección.

Cuando se aburrió de hacer el tonto, se sentó en un puf detrás de mi, y empezó a abrir y cerrar las piernas mientras me hablaba. Si lo que presentida era distraerme lo había conseguido. Por mi seguridad tuve que dejar lo que estaba haciendo ya que mi vista se iba inevitablemente hacia su entrepierna. Ella se había dado cuenta y decidió dar un paso más en este juego de seducción.

Me pregunto si me gustaba lo que veía mientras por el escote de la camiseta se iba sacando sus enormes tetas. Yo me acerqué a ella como un autómata mientras liberaba mi polla de la presión que ejercía el mono de trabajo. Con una mano acerqué su cabeza a mi polla mientras ella se masajeaba las tetas. Se la tragó entera y empezó una lenta mamada que poco a poco se volvió frenética. No tardé mucho en correrme en su boquita, pero aquel solo era el primera asalto.

Ella se deshizo del cinturón de herramientas y de los pantaloncitos, dándome pleno acceso a su coño con mi lengua. Mientras me recuperaba de la primera corrida saboree sus flujos hasta que mi polla se puso de nuevo a tono y sentándomela a ella encima nos pusimos a follar. Sus tetas subían y bajaban a ritmo de la cabalgada. Con aquel panorama la segunda corrida no tardaría en llegar, y yo quería probar a metérsela en su culazo.

Poniéndola a cuatro patas, se la metí de un golpe de riñones hasta el fondo. Su forma de gemir y lo apretado de su esfínter hicieron que me corriera de nuevo. Pero mi polla seguía sin perder dureza y seguí perforando aquel crucero. Ella me pidió una tregua y se introdujo de nuevo mi polla en la boca. Haciendo que me corriera, esta vez sí, de forma definitiva.

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