Castigando a mi chica después de pillarla masturbándose

Mi novia se estaba masturbando en la bañera cuando me acerco por detrás y después de retirarle la mano terminamos follando hasta correrme en sus tetas.

Había llegado a casa cansado de un largo día de trabajo. La casa estaba en silencio. Mi chica habría salido a pasar la tarde con las amigas, pensé. Obnubilado por la inminencia de un relajante baño de agua caliente e hidromasaje, no reparé en los gemidos que provenían del cuarto de baño mientras me desnudaba en la habitación.

Al abrir la puerta me encontré con Yolanda, mi novia, sentada sobre el bordé de la bañera masturbándose muy lentamente con una mano, mientras con la otra se sobaba sus enormes tetas. Muy hábilmente se hacia a un lado las braguitas para dejar accesible su coñito. Al contemplar aquella escena, mi polla se puso firme en el acto y embobado, no pude evitar acercarme lentamente y tomar el relevo de mi pareja en sus actividades masturbadoras.

Ella se recostó sobre mi erecto falo a la vez que dejaba escapar gemidos más intentos. Llegado un momento, mis dedos ya no le proporcionaban el placer suficiente, y antes de introducirle mi polla, estuvo un rato mamándomela. El silencio imperaba en el cuarto de baño, pues tenia la boca ocupada en otras cosas. Era incapaz de introducírsela entera en la boca, y no me atrevía a forzarla.

Pero, la tranquilidad duró poco, justo antes de metérsela no puse resistirme a probar el sabor de su coñito húmedo por la excitación y entonces los gemidos de placer se convirtieron en auténticos gritos de éxtasis. El agua bailaba al ritmo de mis embestidas, y la muy zorra de mi novia no paraba de acariciar su clítoris aun teniendo mi polla dentro de ella.

Mis manos eran incapaces de abarcar sus tetazas mientras continuaba embistiendo. La ansiedad por hacer que se derritiera de gusto me llevó a comerle el coño de nuevo hasta el punto de conseguir que tuviera un orgasmo. Ella sabia que no le iba salir gratis y todavía le temblaban las piernas cuando uno de mis dedos se perdió entre sus nalgas buscando su apretado culito. Sin lubricación primero entró uno y después otro. Así hasta cuatro. En sus ojos pude notar la tensión y el miedo a ser empalada por una polla de gran tamaño como la mía. Pero el terror se esfumó cuando en un hábil movimiento, justo cuando la iba a encular se la metí de nuevo a su cálido coñito. Aquello la hizo volver a gemir como una loca, y solo conseguí que se callara llenándole de carne de nuevo la boca.

Todo polvo tiene su fin, y el final de esté estaba cerca. Ella podía notar como me iban abandonando las fuerzas, pero antes de correrme quería follarme sus enormes pechos. Y así lo hice. No solo me los follé, deposité en ello una generosa ración de leche recién extraída de mis huevos.

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